LA DULCE VERDAD DE NURIA GIMENEZ, (pretexto).

Gonzalo Barrena.

No se puede leer ni escuchar nada sobre My mexican bretzel, la película de Nuria Gimenez, sin que te la arruinen. El mínimo comentario se convierte en un spoiler, que es el nombre en inglés de toda revelación inoportuna. Posiblemente haya sido esa la razón por la que “el mejicano” de Nuria pasó sin gloria -y con fortuna- por la alfombra de los Goya, ese concurso español donde las películas salen a morir, como los toros, en una plaza capital. A la obra le cabe el honor de haber resultado inadvertida en el centro de la geometría peninsular, que es Madrid, y justamente reconocida en el Gijón abierto al mar, con el triple galardón de dirección, guión y película, en la sección “cine español” de 2019.

Por ello, quien no haya visto aún My mexican bretzel ha de interrumpir esta lectura, para reanudarla después de haberlo hecho, si lo tiene a bien. Lo que sigue es tan solo para quienes hayan disfrutado ya la hora y cuarto de belleza visual, montada sobre una cadencia de silencios, jalonada de vez en cuando con sonido de baja vibración. La banda sonora del film ha sido construida en las antípodas del ruido.

Rara avis en el profuso cielo audiovisual, la obra de Nuria Giménez es resistente a las etiquetas. Incluso las categorías en que ha competido rechinan ante su singularidad. Pero es cine y es verdad, algo de lo que no pueden presumir muchos productos polizones del séptimo arte. Que el relato de Nuria vaya a su bola con la realidad es una nadería en el paraíso de la ficción, donde la habilidad para reunir imágenes -que la directora acredita- es la clave del oficio; una profesión en la que todos son diletantes en el “estreno” y donde cada relato es el hijo legítimo (?) de un “montaje”. Cuando un film reaparece como “montaje del director”, bien se ve que en su concepción ha intervenido más de un padre.

Aquí, Nuria Gimenez Lorang (Barcelona, 1976) ha dado luz a un ser al no le quedan bien los trapos del paritorio. Lo han vestido de documental, drama romántico, metraje encontrado y cine experimental… etiquetas trémulas ante algo inesperado, imputaciones de papel nacidas de la inseguridad crítica, que el bebé arruga sin inquietarse. Clichés y prejuicios que se desleen como terroncitos ante la dulce verdad de la película. Vayamos por partes.

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